Tras 32 años de otorgar prestigio con su magnífica pluma a EL PAÍS, Maruja Torres abandona el periódico. Una decisión plena de dignidad y coherencia. El otrora diario progresista, líder de opinión y ventas, está hoy sumido en un progresivo deterioro de su imagen y una pérdida constante de lectores debido a la involución en su línea editorial, lo que ha supuesto, junto a otros factores, una notable reducción del rendimiento económico del periódico. Lo que no impide, en línea con todas las superempresas, que su consejero delegado, Juan Luis Cebrián, gane más que todos los redactores juntos. Sin embargo, la solución está en despedir a la mitad de la plantilla a través de un ERE.
Maruja Torres siempre se ha mostrado contraria a esa medida y así lo ha expresado en su columna de opinión del propio periódico. Pero tanta osadía tiene un precio: EL PAÍS comunica a la periodista que le quita la columna de opinión para recolocarla en quién sabe qué, ante lo cual la periodista comunica a EL PAÍS que deja el diario. Así lo comunicaba Maruja Torres en Twitter: “El director de EL PAÍS me ha echado de Opinión y yo me he ido de EL PAÍS. Tantos años… Pero es un alivio”.
A continuación, el último artículo de Maruja Torres en el EL PAÍS:
Ignominia
Vivimos en un tiempo de canallas sumidos en un estado de necedad permanente. Lo interesante para quienes somos víctimas del navajismo institucional, de lo que ha dado en llamarse su violencia simbólica, es averiguar qué nació primero. Si el ser canalla o el ser necio. Quién alimenta a quién. O si el canalla, al saberse aupado por sus pares a la cresta del capitalismo caníbal, ha perdido toda compostura, todo pudor, y no le importa en lo más mínimo que su retorcida necedad se exhiba en plaza pública. ¿Quién va a bajarme de la cima? ¿A mí? Vamos, hombre.
Así es como los Wert, Ruiz-Gallardón, Margallo, Morenés y Rajoy, por citar solo a algunos; las Báñez, Botella, Cifuentes y Cospedal, por mencionar a unas pocas otras. Así es como los directivos de la televisión pública y sus palmeros, y los guerra civilistas de los periódicos insanos. Así es como los ejecutivos de las grandes empresas y de los grandes bancos que se blindan los sueldos y las pensiones y los bonos… Así es, termino por fin la frase —en algún momento hay que hacerlo, pero sujetos no faltan—, así es como toda esta banda de añejos arribistas se carcajea de nosotros. Pisoteando nuestros cráneos y sin importarles la vergüenza ajena que sus dislates nos provocan.
“¡Mira, madre! ¡Estoy en la cima del mundo!”, gritaba al final de Al rojo vivo, la película de Roul Walsh, el asesino nato Cody Jarret, héroe negativo de una época turbulenta.
Estos depredadores de ahora se gritan los unos a los otros: mira chico, yo también he llegado, y cada día se me ocurre algo más necio. Los de abajo, los desangrados, empezamos a añorar a los clásicos gánsteres.
Hay más dignidad en la uña del meñique de un desahuciado que en toda la cúpula que nos aniebla.
Entrevista a Maruja Torres en Público.es sobre este asunto.