Lampo: el perro viajero

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Nadie sabía de dónde había venido. Saltó de un vagón de carga en Campiglia Marittima y estableció su domicilio en la estación ferroviaria. Al poco tiempo conocía en todos sus detalles los horarios. Entonces comenzó a subir a los trenes y a viajar por toda la costa occidental de Italia, con enlaces de ida y vuelta tanto en la línea principal como en las ramales, por su propia cuenta y con el aplomo de un pasajero que ha comprado su boleto. En ocho años de peregrinaciones, Lampo (”Relámpago”) adquirió celebridad. Pero si bien era amigo de todos los ferroviarios, el corazón del can pertenecía a un solo hombre y a su familia, a la casa de los cuales volvía al cabo de cada jornada.

El presente es un afectuoso tributo a ese perro excepcional: un relato de la vida real digno de contarse entre las fábulas clásicas.

Lo vi por primera vez un día de agosto. La estación ferroviaria de Campiglia Marittima, donde yo iba a trabajar todos los días, era un horno; el aireestaba impregnado por el olor acre de brea quemada. En derredor nuestro, los inmensos campos de trigo recién cortado reflejaban los rayos del sol como un espejo dorado.

Se hacía difícil respirar en la taquilla. Solté hastiado mi pluma y me dirigí a la puerta. Uno de los muchos trenes de carga que a diario llegan a Campiglia para desenganchar o llenar vagones vacíos con mineral de hierro, estaba entrando. Mientras curioseaba sin objeto; vi que algo saltó de uno de los carros de carga: un perro.

Al principio me pareció un animal muy ordinario, de raza indefinida, de tamaño regular y pelaje más bien largo, blanco con manchas de color castaño rojizo. Olfateo el aire, se estiró perezoso, miró a derecha e izquierda como para orientarse, y caminó hasta la fuente de agua pública donde aplaco una sed bien notoria y explicable.

Volví a mi oficina y reanudé mi trabajo. Momentos después, apareció frente a mí un par de ojos implorantes. “!Hola!”, saludé. “¿Qué haces aquí?” Por el tono de mi voz comprendió que era bienvenido y comenzó a menear la cola, a ladrar y a restregar su hocico contra mi pierna. Así fue como nos conocimos.

Acto seguido estableció residencia. Se acurrucó bajo la mesa y, tras un bostezo, se echó a dormir. Todavía estaba dormido cuando yo, terminado mi turno, tomé el tren de retorno a mi casa en Piombino, lugar situado a unos 15 kilómetros al oeste de Campiglia Marittima, en un promontorio con vista al mar Tirreno.

Cuando llegué a la estación al día siguiente, aún dormía. Pero no bien hubo despertado, me tributó una bienvenida tan alborozada que me costó calmarlo. Me sorprendió encontrarlo allí todavía. Mis compañeros comentarían más tarde que no pudieron deshacerse de él.

Desde aquel día del verano de 1953, se convirtió en mi sombra. Me seguía a todas partes, incluso al restaurante donde yo solía comer; en ese mismo sitio ordenaba para él un buen tazón de sopa.

Se hizo amigo de todos los trabajadores ferroviarios y de cuanta persona le mostrara interés. Puesto que había aparecido en nuestras vidas de una manera tan inesperada, decidimos llamarlo Lampo: “Relámpago”.

Lampo pasaba sus días en Campiglia observando la carga y descarga de trenes, y mirando trabajar a los guardavías, empleados del correo, policías del ferrocarril y despachadores. Visitaba con frecuencia las oficinas; ahí intercambiaba saludos con los empleados y, de vez en cuando, realizaba cortas siestas. A mediodía iba a la cantina a conseguir un par de bocados.

Cuando el tiempo era bueno, se tendía en una de las plataformas para disfrutar del sol y observar el presuroso movimiento de pasajeros. Pero su lugar predilecto era mi oficina: la taquilla. Cuando, al terminar mi trabajo cada día yo tomaba el tren de regreso a Piombino, me costaba mucho persuadir a Lampo para que no me siguiera. Una vez cerradas las puertas y, habiendo partido el tren de la estación, Lampo corría un largo trecho junto al convoy hasta que, convencido de la futilidad de su esfuerzo, retornaba triste a Campiglia. De buena gana le habría comprado un billete especial para llevarlo a presentar con mi esposa Mina y con mi hija Mirna, quien tenía entonces cuatro años; sin embargo, dado que yo no era el dueño legal, no me podía tomar esa libertad. El can, empero, encontré la solución. Un buen día disfrutaba yo del paisaje rural, en un atardecer de fines del otoño, cuando me percaté que él estaba acostado a mis pies en el compartimiento del tren como si fuera la cosa más natural del mundo. Levantó la cabeza y me miró con expresión satisfecha.

“¿Cómo diablos conseguiste subir?”, lo reprendí. Salí al pasillo para ver si el inspector andaba cerca. Tomé luego al perro por el pescuezo, lo metí bajo el asiento y puse mis piernas delante suyo para mantenerlo oculto. Por fortuna era un viaje corto y el guarda no se dio cuenta de nada.

Cuando llegamos, me siguió a casa; esta se hallaba a escasos metros de la estación. Al abrir la puerta, mi hija vino corriendo a saludarnos. “;

Este es el pequeño Lampo! “, exclamó jubilosa, sin perder tiempo en hacer que él se sintiera aceptado.

A la hora de la cena, fue el invitado de honor y el centro de la atención. Meneaba la cola antes de cada sabroso bocado, haciéndonos saber que se sentía muy a gusto con nosotros. Pero después de comer, no hacía más que mirar con ansiedad la puerta. Cuando al fin la vio entreabierta se precipitó afuera, salto la cerca del frente y desapareció. No volví a verlo hasta el día siguiente, en Campiglia. Observando la calma y dignidad de cualquier otro pasajero con boleto pagado, había tomado el tren de retorno a la morada de su selección.

LAMPO sabía para entonces que mi turno vespertino terminaba a las 9 de la noche, hora en que por lo general yo tomaba el tren de regreso a Piombino; por esta razón él me esperaba siempre en la Plataforma numero cuatro.

Al verme movía su cola, contemplándome con ojos expectantes. Cuando yo estaba seguro de que el inspector no lo vería, le daba la señal; subía entonces al tren y de inmediato se arrastraba debajo del asiento para no salir hasta el final del viaje. Pasaba un rato. con mi familia; hasta las 10:30, hora en que trotaba hasta la estación para abordar el ultimo tren de vuelta, a las 10:40.

No obstante, Lampo no se limitaba al paseo nocturno. Todos los trenes, ya sea de mañana o tarde, eran para él una invitación abierta para viajar de ida y regreso a Piombino. Cuando llegaba, visitaba a mi esposa e hija, a quienes acompañaba en sus salidas. En realidad llegó a ser su escolta permanente, sobre todo para Mirna. Cada mañana, el fiel perro ascendía al tren de las 7:20 en Campiglia para estar puntual en nuestra casa a las 8 y poder, de ese modo, acompañar a la niña al jardín de infantes. Hecho esto, tomaba un tren de regreso a Campiglia, tan sólo para volver a Piombino a las 11:30 y aguardar en el portal del jardín de infantes con el fin de acompañar a Mirna de vuelta a casa.

Así fue como Lampo, en la mejor tradición del viajero, se aprendió el horario exacto de todos los trenes que iban y venían entre Campiglia y Piombino.

Debería explicar que la línea de Piombino es un ramal que conecta con Campiglia: una activa estación de la línea norte-sur que une a Roma y Turín. En Campiglia hay numerosas vías para dar paso a los trenes de diversa velocidad: locales, rápidos, expresos y de carga. Todos los trenes que van a Piombino, salen de la Plataforma número cuatro; sin embargo, por razones técnicas, algunas veces son desviados a otra plataforma: como consecuencia de uno de esos cambios, Lampo se equivocó en una ocasión al abordar. De seguro advirtió su error tan pronto como el tren hubo partido; así bajó en la primera parada: San Vincenzo, y en seguida subió al primer convoy que llegó en la dirección opuesta, con el objeto de regresar a Campiglia. Lo vimos retornar y nos reímos. Jamás volvió a cometer aquel error. Había aprendido otro importante detalle del servicio ferroviario.

Por las tardes, mientras yo me ocupaba de mi trabajo en la oficina, Lampo dormitaba en su rincón predilecto cerca del radiador. Pero a eso de las 3 se despertaba al instante, enderezaba las orejas, abría la puerta con el hocico y salía para regresar 10 minutos después, relamiéndose con aire satisfecho.

Otra breve siesta, y el proceso se repetía. Una vez más retornaba, con expresión de contento, a gozar un largo sueño.

La curiosidad me hizo seguirlo un día. Lampo se dirigió presuroso a la Plataforma número uno; ahí se detenía el expreso Turín-Roma. El perro troto hasta el coche-comedor. Allí aguardé sentado. Imagínense mi sorpresa cuando vi aparecer en la ventanilla de la cocina a un sonriente cocinero que le arrojó huesos y trozos de carne. Lampo devoro todo aquello y volvió a mi oficina.

Diez minutos después salió de nuevo; ahora con rumbo a la Plataforma número dos, donde estaba por entrar el expreso -Turín. Se detuvo a ladrar junto a la ventanilla del coche-comedor. Otro cocinero de gorro blanco le sirvió una segunda opípara comida.

Un día le arrojaron una caja con sobras distintas de las habituales. Olfateo aquello y comprobé que no era carne sino cáscaras de naranja. Ofendido hasta la médula, digirió por un rato la mortificación que le aquejaba y retorno con ánimo huraño a la oficina.

Los relatos de sus hazañas no tardaron en propagarse, y Lampo pasó a ser tema de conversación en todo el sistema ferroviario. Los viajeros que venían a la estación para esperar un tren, o quienes estaban de paso por allí, habiendo preguntado por el diligente perro de Campiglia, quedaban asombrados por su agudo comportamiento. Lo buscaban, le hablaban y tomaban fotografías. El pequeño desheredado, hasta hacía poco tiempo desconocido y abandonado, avanzaba a grandes pasos en el mundo.

También demostró ser un perro excepcional en otros sentidos.

Cierto día me hallaba con mi familia en una playa cerca de Piombino, cuando sentí en la espalda el roce de algo caliente y mojado. Al girar, para gran sorpresa mía, encontré a Lampo meneando la cola. ¿Cómo había llegado allí? Era muy probable que hubiera partido de Campiglia en el tren de costumbre, y al no encontrarnos en casa nos siguiera hasta la playa guiado por su instinto.

Como haya sido, lo cierto es que se divirtió en grande permaneciendo con nosotros hasta el fin de la temporada. Le gustaba nadar horas y horas, revolcarse en la arena, dejarse mecer por las olas en un pequeño bote de caucho. Sin embargo, de vez en cuando lo vi subir al sitio más alto de la costa y contemplar el mar a la distancia. Había una actitud extraña en su conducta: la ansiosa inquietud de quien espera.

PLAYA, estación ferroviaria, una familia. • Cualquier otro perro habría estado satisfecho por completo con esa vida. Pero no Lampo, puesto que no era un perro ordinario.

En ocasiones se mostraba inquieto en especial, y pasaba por alto sus siestas habituales para inspeccionar los trenes de pasajeros que se detenían en la estación. Trotaba de un extremo a otro de la plataforma, examinaba el tren entero desde la locomotora hasta el último vagón, y regresaba a los vagones centrales donde los pasajeros se asomaban por las ventanillas. Trepaba al tope de una de las escalerillas listo para saltar en cuanto el tren comenzara a moverse, y permanecía contemplándolo hasta perderlo de vista. ¿Tramaba acaso algo nuevo?

Estábamos entonces en pleno invierno. En las plataformas los pasajeros, envueltos en abrigos, golpeaban el suelo con los pies y se frotaban las manos para entrar en calor mientras esperaban sus trenes. Lampo aguardó un poco alejado, observándolos con expresión indiferente, mientras llegaba el expreso Roma-Génova con un largo silbido y se detenía en la Plataforma número dos. Algunos viajantes descendieron, otros subieron, un empleado dio la señal y el tren continuó su marcha. Los recién llegados se dirigieron a la salida; y la Plataforma dos quedó desierta.

Tuve la sensación de algo extraño y busqué a Lampo. No había señales de él. Supe que esa vez había abordado, el tren para marcharse. A fin de asegurarme, busqué por toda la estación; pero fue inútil, tan inútil como tratar de impedir que alguien abordara el tren.

Un torrente de pensamientos cruzó por mi mente. ¿ A dónde iría a parar? El tren rápido en el que iba, haría su primera parada en Liorna, unos 70 kilómetros al norte; después en Pisa, La Spezia y Génova. ¿ Cómo podría ser capaz de realizar trasbordos que lo trajeran de vuelta a Campiglia?. Llamé a todas las estaciones en la línea con terminal en Génova, para rogar a mis colegas que se mantuvieran alertas. Pasaron varias horas; todas las respuestas que recibí fueron: ni rastro de Lampo.

Al caer la noche, descendió una densa niebla. De trecho en trecho se podían distinguir las luces opacas de los semáforos y de las locomotoras detenidas. Por doquier se escuchaban los silbatos estridentes y los gritos de los guardagujas al pasar de una vía a otra, mientras balanceaban sus linternas con movimientos rítmicos.

—Si aparece Lampo llámame en seguida a Piombino —supliqué a

un compañero al abordar mi tren.

—Así lo haré —me contestó el encargado de la estación, al tiempo que daba al maquinista la señal de salida con su bastón.

Mi humor disto de ser bueno aquella noche. Cada vez que Mirna me preguntaba por el perro yo intentaba cambiar de tema.

Aún no salía del baño a la mañana siguiente, cuando escuché a mi esposa decir: “Bájate, Lampo; sabes que no debes subir a las sillas”. Corrí a la cocina y con la boca llena de pasta dentífrica dije:

—¿Cuándo llegó? ¿Cuánto hace que está aquí?

—Desde las 8, como de costumbre —respondió mi esposa—. Estaba frente a la puerta, esperando a Mirna para acompañarla al jardín de infantes. ¿ Qué tiene eso de particular?

—Pues que nuestro amigo subió ayer a un tren que lo llevó quién sabe dónde —repuse enojado—. Y no sé cómo demonios lograste volver —lo increpé apuntándole con el cepillo de dientes.

Con el hocico contra el piso, el perro me miró con ojos atemorizados y con movimientos casi imperceptibles de su cola.

Puesto que aquella era una hermosa tarde de sol, decidí dar a mi familia un paseo en automóvil. Lampo permaneció un poco alejado en actitud compungida; era claro que deseaba hacer las paces conmigo. “Arriba, viejo pillo”, ordené mientras le abría la puerta del auto con una exagerada reverencia. No esperé a que le repitiera la invitación. De un salto estuvo adentro, entre mi esposa y mi hija.

—Me pregunto a dónde fue en este tren —comentó mi esposa.

—No tengo la menor idea. Me enteré que llegó a Campiglia a las 7:30 de la mañana en un tren retrasado, y alcanzó la conexión para Piombino.

SONÓ EL teléfono en mi oficina y una voz me dijo:

—Tu perro ha estado aquí en Civitavecchia desde esta mañana. ¿Quieres que lo enviemos de regreso en el próximo tren?

—No es necesario, gracias. Tomará un tren de vuelta cuando le venga en gana. Además —agregué riendo—, a Lampo no le gusta recibir ayuda.

En aquel tiempo no pasaba un día sin que recibiera noticias de la presencia de Lampo en esta o aquella estación. No me habría sorprendido que lo hubiesen visto paseándose por el hielo del polo norte. Lampo era ya un esclavo de la fascinación de los viajes en ferrocarril. Comenzó con trayectos cortos, y terminó por visitar casi todas las estaciones dentro de un radio de 300 kilómetros. Cualquier tren local, directo o rápido, le venía bien con excepción de los convoyes de carga (incómodos y monótonos) y los expresos que no hacían paradas en Campiglia.

Lo veía subir al tren Génova-Roma con la calma del viajero experimentado; y a las pocas horas me informaban por teléfono de su presencia en lacapital. Esa noche saltó del rápido Roma-Turín, se desperezó, esperé que el tren reanudase la marcha, cruzó al otro lado de la estación con los pasajeros y, tras empujar con el hocico la puerta de mi oficina hasta abrirla, me saludó con alegres movimientos de cola. Luego visitó de prisa las otras oficinas como para informar a todo el mundo que, aunque había estado en Roma, allí lo tenían de regreso.

Como era natural, todo aquello resultaba motivo de constantes polémicas en las que intervenían el jefe de estación, los guardafrenos, los guardagujas, los policías del ferrocarril, el gerente del bar y encargada del puesto de revistas. Aun así, nadie fue capaz de encontrar una explicación lógica a los viajes de Lampo.

¿Cómo lograba acertar siempre en el tren de regreso a Campiglia? Algunos conjeturaron que debió haber aprendido a leer los carteles indicadores, como “Roma-Turín” o “Génova-Roma”, adheridos a los coches. Otros pensaron que sabría contar y reconocer los números de las plataformas cuando escuchaba por los altavoces los anuncios de partidas de trenes. Todos se esforzaban por aportar un comentario ingenioso al debate.

En lo que a mí respecta, atribuía a la casualidad su retorno de los primeros viajes. Al cabo de un tiempo, debió descubrir que para volver era necesario tomar un tren que corriese en dirección opuesta la que había venido. Pero, ¿cómo explicar el hecho de que, en algunas ocasiones, Lampo bajara de un coche de segunda clase procedente de Florencia, que está en un afluente de la línea principal, y que veces fuera visto en estaciones secundarias? ¿ Era acaso que también había aprendido los horarios de las líneas de entronque?

A medida que ganaba en experiencia, los viajes del perro se hicieron cada vez más frecuentes complicados y misteriosos. Pero su punto de retorno era siempre Campiglia. Hasta se dio el lujo de partir en un tren con rumbo al sur y regresar por el norte. Debió haber bajado en Grosseto, Civitavecchia o Roma; luego habrá abordado por error un expreso que no se detuvo en Campiglia sino que lo llevó hasta Liorna, donde subió a un tren en dirección opuesta.

También aquello ocurrió una sola vez —nunca repitió un error—, y de allí en adelante evité los expresos. Nos vimos obligados a convenir que estaba dotado de un sexto sentido. Este animal había nacido para viajar.

Si algunos trabajadores ferroviarios estaban dispuestos a festejar los viajes de Lampo y a cerrar los ojos ante ellos, otros no. No es que fueran malos o mezquinos, pero un perro suelto en un tren puede resultar peligroso. Si mordía a un pasajero, por ejemplo, ¿quién libraría a los guardas de suresponsabilidad? Con parte del personal en contra de él, la cuestión se hizo más difícil para Lampo. Eludiendo a todos subía furtivamente a los trenes y se escondía como un pasajero clandestino. Si lo echaban de un vagón, obedecía como resignado, pero inmediatamente se introducía en el de atrás. Era un problema para el personal de los trenes. Los empleados comprensivos, influidos por los otros, comenzaron a impedirle que subiera a los convoyes. Era el momento de tomar medidas drásticas. Para poner fin a su vagabundeo, lo llevé a Piombino, a que viviera con nosotros.

Exilio

Lo cuidamos, lo mimamos y lo divertimos, con la esperanza de que la distracción le haría extrañar menos los trenes. Si aparecía por allí, los ferroviarios de Piombino tenían órdenes de impedirle subir a los trenes que iban a Campiglia.

Mientras yo me encontraba en el trabajo, Lampo pasaba el tiempo placenteramente entretenido en su vieja ocupación: acompañar a Mirna a la escuela, y a mi esposa a sus compras diarias. También disfrutaba de largas siestas en el diván.

Puesto que se sabía nacido para viajar, a menudo puse mi automóvil a su disposición: actitud que él aceptaba con gran entusiasmo. Antes que pudiera abrirle la portezuela, saltaba por la ventanilla

—rasguñando de paso la pintura— hacia la comodidad del asiento delantero, quedando listo para gozar del paseo.

En sus momentos de caminante, exploré cada rincón de Piombino. Su sitio predilecto era la Piazza Bovio, orgullo de la ciudad, situada en el extremo del promontorio que da frente a la isla de Elba hacia el sudoeste. Allí pasaba varias horas cada día, contemplando el mar.

Pero de ninguna manera había olvidado Lampo a la estación de Campiglia, a sus amigos y sus trenes. Por el contrario, consideraba su ausencia como vacación forzosa, la cual debía soportar con la esperanza de que concluyera pronto. Varias veces fue a la estación del pueblo, confiado en poder abordar furtivamente un tren a Campiglia. Sobre todo por las noches, cuando escuchaba el silbato y el sonido de un tren en la distancia, se mostraba inquieto y rascaba la puerta del frente. A pesar de su mirada implorante, nosotros nos mantuvimos inflexibles.

Todo el personal de la estación de Campiglia lo extrañaba; lo mismo los niños que los pasajeros. Los cocineros de los coches-comedor, acostumbrados a verlo esperar por ellos en las plataformas, protestaron a gritos.

Cuando deduje que las aguas agitadas se habían calmado, me di por vencido. Continuar el exilio de Lampo en Piombino habría sido arriesgado. Hasta la paciencia de un perro tiene límites, y la suya estaba a punto de agotarse.

Un día lo dejamos solo en la estación de Piombino. Eludió a los empleados; se acercó con aire indiferente a un tren, subió sin ser molestado y, cuando el convoy se puso en marcha, volvió a ser libre.

De vuelta a Campiglia, a sus amigos de la estación, a su cama y a los coches-comedor, Lampo fue otro perro. La lección había tenido en apariencia algún efecto. Dejó de subir a los trenes por el simple gusto de viajar, y limité el uso de estos al mínimo necesario para cumplir con sus compromisos en Piombino. Conseguí, además, disuadirlo de que me acompañara a casa. Restringido a dos cortos viajes por día en una pequeña línea provincial de importancia secundaria, se hallaría menos propenso a meterse en dificultades.

Su regreso llenó de alegría al personal de la estación, al que Lampo dedicó más tiempo observando su trabajo.

Pero un día de cielo plomizo y llovizna agobiadora, Lampo anduvo nervioso. Recorrió inquieto la estación de un lado a otro, sin poder quedarse tranquilo en un sitio. En la Plataforma número cuatro estaba listo para salir el tren de las 15:40 horas con destino a Piombíno. El perro troto fuera de la vista del empleado y abordo el convoy.

Descendió con precisión de autómata en la estación Populonia (entre Campiglia y Piombino), y espero a que el tren reanudase la marcha. En la otra plataforma estaba detenido un convoy con destino opuesto. No bien oyó el silbato del jefe de la estación dando al maquinista la señal de prepararse para salir, Lampo cruzó las vías y trato de saltar al tren de Campiglia. Pero calculo mal y al cerrarse las puertas automáticas quedó con la cabeza y parte del cuerpo adentro, y las patas traseras y la cola afuera. Por suerte esas puertas tienen un borde de caucho que atenúa la presión no obstante, el pobre animal aulló como si estuviese agonizando.

Los pasajeros quisieron ayudarlo pero no supieron cómo. No podían arrastrarlo hacia el interior con las puertas cerradas. Por fortuna llegó a la carrera el inspector, quien hizo funcionar la señal de emergencia. El maquinista detuvo en el acto el tren, las puertas se abrieron y Lampo quedó tendido en el piso como una bolsa de papas. Estiró las patas, se mordisqueo la piel, examinó sus costados para cerciorarse de que no faltaba nada y, tras dedicar una mirada de consternación a los pasajeros —que ahora reían tranquilizados por el final del percance—, buscó refugio debajo del asiento más cercano.

Cerca de allí estaba parado un hombre alto de aspecto autoritario. El individuo, que vestía un abrigo gris y gorra negra de banda ancha, llamó con un gesto al inspector e intercambié unas pocas palabras con él; luego, sacó papel y lápiz de un bolsillo y comenzó a escribir.

“EL viejo quiere hablar con usted”, me notificó un mensajero.

Nuestro jefe de estación, un hombre bajo y gordo de 58 años, estaba siempre acicalado. Su desconcertante minuciosidad se reflejaba en la pulcritud de su oficina; libros, ficheros y la correspondencia: todo ordenado con escrupulosa precisión.—Debes deshacerte del perro—observó—. No puede estar más en la estación.

—Pero, ¿ por qué esta decisión repentina? —pregunté molesto ¿Es que hizo algo indebido?

—Que yo sepa, no. Pero podría ocurrir, y como responsable del buen funcionamiento de este lugar

quiero prevenir problemas. Además, muchos inspectores me han presentado quejas por la libertad de que goza el perro en los trenes. De manera que o te desprendes de él o llamaré al perrero, y lamentaría tener que hacerlo.

De regreso en mi oficina, me puse a meditar en el difícil y penoso problema; en tanto Lampo, ajeno a la crisis, dormía con placidez en su rincón. Podía llevarlo otra vez a casa. Pero me pregunté si, a pesar de su afecto por mi familia, no tendríamos que mantenerlo atado día y noche en el jardín para retenerlo. Había nacido para ser libre. ¿Cómo podría dejarlo encerrado lejos de sus amigos, de su estación, de sus trenes?

Hablé del asunto con los otros empleados de la estación y decidimos alejarlo de nosotros en la misma forma en que había venido: poniéndolo en un tren con el destino más distante posible.

Un tren vacío estaba por salir sin paradas hacia el sur. El guardafrenos de relevo me aseguré que abandonaría al perro bastante lejos, en campo abierto, sin estaciones en las proximidades.

Todos estuvimos presentes para despedirlo. Desde el vagón de carga, Lampo nos miró con ojos tristes e implorantes. Cuando sonó el silbato de la locomotora cerramos las puertas del vagón y el tren comenzó a moverse. Lo seguimos en silencio con la vista hasta que se perdió en el horizonte.

Apenas habían trascurrido algunas horas cuando ya todos extrañábamos a Lampo como si se hubiese marchado desde hacía mucho. Pero un par de días más tarde vi al mismo guardafrenos descender de un tren.

“Tuvimos un tiempo horrible”, comenté. “La tormenta había dañado un puente. Entre Anzio y Nettuno; tuvimos que detenernos, y he aquí que el perro saltó. Se fue corriendo por los campos”.

Regresamos a nuestras oficinas sin decir nada. “Tan sólo 300 kilómetros de aquí”, apunté. “Lo veremos en cuestión de horas”.

No estaba equivocado. Lampo no tardó en bajar de un tren rápido procedente de Roma, y se apresuro a saludarnos.

Esa noche lo pusimos en un rápido con destino a Nápoles. Pero en esa ocasión tomamos todas las precauciones posibles. Lo encerramos en la jaula paraperros ubicada en el vagón de equipaje; además, el inspector nos prometió que en Nápoles lo trasbordaría a otro tren rápido con destino más al sur.

LAMPO se había ido hacía cinco meses. Todavía mi atención se desviaba a menudo de mi trabajo al rincón donde solía dormir. En cuanto llegaba a casa por las noches, Mirna me preguntaba:

—¿Ha regresado, papito?

—Todavía no, Mirna… pero volverá —le contestaba yo.

No me animaba a decirle por el momento la verdad.

Al cabo de un tiempo cesó de preguntar. Yo pensé que había olvidado a Lampo; pero una noche, al pasar por su cuarto, escuché el murmullo de la voz de Mirna elevando una plegaria: “Querida Virgen María. Tú que eres tan buena a protege a Lampo, cuida que esté bien y ayúdalo a dar con el camino de regreso”.

Más tarde cuando ya estaba profundamente dormida, la arropé mientras susurraba: “Te conseguiré otro perro para ayudarte a olvidarlo”.

El invierno había terminado: los almendros y durazneros de los campos cercanos a la estación estaban en flor. Las primeras golondrinas aparecieron en el cielo para anunciar la primavera.

La llegada de la temporada florida nos alegro un poco a todos; empero, en la estación parecía faltar algo. Cuando los viajeros querían saber del perro les decíamos con tristeza: “Ya no está aquí. Escapó”. A menudo, los cocineros de los coches-comedor se asomaban por las ventanillas para llamarlo. Nos encogíamos de hombros y les decíamos malhumorados: “No pierdan el tiempo. No anda ya por aquí. Se ha marchado”.

Todos nos sentíamos culpables.

Hasta el jefe de la estación se mostraba apenado. Cada vez que, en una conversación, surgía el tema del perro, él daba la vuelta y se alejaba de allí.

Un día en el que yo estaba saturado de trabajo y mal humor, escuché un repentino bullicio. Antes que pudiera moverme, uno de mis compañeros abrió la puerta y exclamó: “¡Ven a ver!”

Sorprendido y dominado por la curiosidad, salí de inmediato. Frente a mí, estaba parado un perro muy flaco que meneaba la cola con lentitud y me miraba con ojos todavía brillantes a pesar del dolor reflejado en ellos. Parecía un fantasma. Abrumado por la emoción, lo alcé en mis brazos. Apenas pude murmurar: “¡Lampo, querido Lampo! ¡Nunca volveré a alejarte de nosotros!

Como si hubiese entendido, me lamió la cara varías veces. Lo devolví al suelo y enjugué las lágrimas que había tratado de contener.

Todo el mundo dejó el trabajo por un momento y vino a saludarlo. La estación resono con gritos de júbilo: “¡Lampo ha vuelto! ¡Lampo ha vuelto!” No tardó en formarse un gentío alrededor del perro. Algunos repetían su nombre. Otros lo acariciaban y palmeaban.

Lampo parecía encantado. El grupo abrió entonces paso al jefe de la estación; este se agachó y palmeó al perro, antes de expresar con emoción mal disimulada:—Cuídenlo para que se reponga. Aquí se queda.

– Yo me encargo, jefe —respondí con entusiasmo. Me era imposible apartar mi vista de Lampo. Noté que andaba con dificultad y que tenia las plantasde las patas hinchadas con grietas, tintas en sangre. Su pelo, antes blanco y denso, estaba ahora sucio y grisáceo, con algunos lugares raleados que revelaban manchas rojizas en su piel. Sus costillas sobresalían lastimosamente de su cuerpo macilento. Traía en el cuello —magullado, hinchado y sembrado de coágulos de sangre— un collar de alambre del cual pendía un corto trozo de cuerda. Le quité el collar, y llevé al perro en brazos a mi oficina. Le dimos un tazón de leche caliente; lo bebió con avidez pero muy despacio. Al parecer le causaba dolor tragar. De tiempo en tiempo se detenía, se volvía hacia mí y agitaba alegre su cola. Cuando terminó la leche quiso salir. Recorrió renqueando todas las oficinas que le eran tan caras y saludó a sus amigos con movimientos de rabo. Luego se acurrucó en su rincón favorito y cayó en un profundo sueño. Pero era un sueño agitado. Su cuerpo no cesó de temblar. ¡Pobre Lampo! pensé. ¡Cuántas penurias habrás sufrido! Cuando finalicé mi turno él aún dormía; yo subí a mi tren para Piombino silbando feliz. Mi esposa e hija me esperaban en la estación; apenas descendí, Mirna exclamó rebosante de felicidad:—Ha vuelto Lampo, papá, ¿no es cierto? Los ferroviarios del pueblo le habían dado la noticia. Cuando llegué a la estación de Campiglia a la mañana siguiente.

Lampo trató de levantarse en cuanto me vio pero no pudo. Sólo meneé la cola. “Está de veras mal”, comenté un guardagujas. “No conseguimos hacerle comer ni un solo bocado”.

Lo acaricié murmurando: “Querido Lampo, lo siento. Yo fui quien te puso en el tren que te alejé; pero, créeme: no quise hacerlo sino que fui obligado”. Como si comprendiera, el perro dejó escapar un débil quejido. “Olvida lo pasado. Trata de comer y de reponerte. Nunca volveré a separarte de nosotros”, le repetí. Lampo se incorporo y traté en vano de beber la leche del tazón. Esto me preocupo.

Al llegar los trenes con coches-comedor, el perro trató de levantarse. Pero estaba demasiado débil y se dio por vencido.

Esa noche lo llevé a casa conmigo. Mirna solté el llanto al verlo. Al día siguiente, el veterinario de Piombino me explicó: “No sólo ha sufrido muchísimo, sino que ha contraído una infección intestinal. Es irremediable. Sólo vivirá unas pocas horas más”.

En casa lo vimos pararse con dificultad y caminar despacio hasta la puerta. Me di cuenta de que quería salir y tomar el tren de regreso a la estación.

Saqué mi auto del garaje. Mirna y mi esposa acariciaron llorando al animal cuando partía con él a Campiglia. Lo acosté con cuidado en mi oficina, lo acaricié y, con voz entrecortada por la emoción, me despedí del animal: “Adiós, Lampo. Perdóname”.

Antes de cerrar la puerta me volví para mirarlo, y en sus ojo brillantes observé un mensaje de gratitud por haber podido retornar a su reino por última vez.

Al subir al tren a la mañana siguiente, escudriñé los rostros de personal nocturno, en espera de malas noticias. Pero nadie dijo una sola palabra.., eso me dio algo de esperanza. Al llegar a Campiglia, corrí a mi oficina, abrí cor aprensión y lentitud la puerta: Lampo me esperaba de pie. Corrí al bar en busca de una taza de leche caliente: él la bebió con avidez, Quizá lo peor había pasado.

La llegada del tren rápido disipo por completo nuestros temores. Apenas lo oyó, alzó las orejas y enfilo hacia el coche-comedor. Todos lo seguimos y, para nuestra alegría, vimos cómo devoraba un buen pedazo de carne arrojado por uno de los cocineros.

Se había salvado. Su viaje de la noche pasada no había sido el último. Iba a recorrer muchos kilómetros más en tren: aún había mucha gente y un montón de cosas por conocer.

Recuperado por completo, Lampo volvió a ser el anterior perro de fina estampa. Reanudo sus hábitos despreocupados y, por supuesto, sus viajes. Ya sin inhibiciones, deambulaba ahora casi por doquier. Momentos después de descender de un tren, subía a otro. Pero no por eso dejó de atender susobligaciones: cada mañana aparecía exacto en nuestra casa, para acompañar a Mirna a la escuela primaria. Y al anochecer, tomaba conmigo el tren a Piombino.

¿Dónde había estado todos aquellos meses? El inspector que lo había protegido lo entregó, en Nápoles, a un colega cuyo tren partió con rumbo a Batí, en la costa oriental de Italia. Ese colega informó que el perro había saltado fuera del tren en la estación de Barletta, en la costa del Adriático, a 686 kilómetros de Campiglia.

Recuerdo que un maquinista que venía del sur me conto que un día, al entrar en la estación de Reggio Calabría con un tren de carga, había visto deambular a Lampo fuera del edificio de pasajeros. Cuando detuvo su máquina, se apresuré a buscarlo, pero el perro había desaparecido. Estaba seguro de que era Lampo.

Aquello agregaría otros 500 kilómetros al viaje del perro, y sumaria un total de 1.200 en una dirección. Lampo había viajado desde la costa del Tirreno a la del Adriático, y de allí al sudoeste, para volver a cruzar la península hasta la punta de la bota italiana.

Jamás sabremos cuántos kilómetros recorrió o cuántos trenes abordo antes de dar con los requeridos para su regreso. El alambre que rodeaba su cuello y el pedazo de cordel adherido a él, sugieren que en algún momento de su deambular fue atrapado por un labriego. Había logrado cortar la cuerda con los dientes y escapar. Conseguir alimento debió haber sido difícil. Quién sabe lo que comió el pobre animal.

Eso fue todo cuanto pude reconstruir de su odisea, e incluso ese cuadro fragmentario requirió una buena parte de imaginación. Pero Lampo ya tenía sus miras puestas en el futuro.

COMENZAMOS a recibir una llamada telefónica tras otra provenientes de estaciones ferroviarias cercanas y distantes. Todos querían conocer detalles del regreso de Lampo. Además tuvimos que dar seguridad a todos de que nunca más volveríamos a enviarlo lejos de nosotros.

Cada vez que llegaba un tren, no faltaban pasajeros que se asomaban a las ventanillas para preguntarnos con tono incrédulo acerca de la famosa reaparición del perro. Los niños, admirados y cariñosos, venían en bandadas para rodearlo y acariciarlo. Lampo parecía entender y divertirse con todas esas demostraciones de afecto.

Si antes hubo algún ferroviario que no simpatizaba mucho con él, el mismo trataba ahora de ser su amigo. Pero fiel al dicho: “Me quiebro pero no me doblo”, el can recibía las atenciones de ciertas personas con calculada indiferencia o en ocasiones con un gruñido, para dejar constancia de que no olvidaba.

Muchas cosas cambiaron. Guardatrenes que siempre habían tratado de impedirle que subiera, fueron entonces más indulgentes. Lo mismo ocurría con los, maquinistas y vigilantes. A pesar de esta tolerancia, Lampo no abandonó su costumbre de ocultarse debajo de los asientos.

Con el trascurso del tiempo, su popularidad creció más y más. La Corporación Italiana de Radiodifusión le dedicó un programa de radio. Los periódicos comenzaron a publicar artículos acerca de él; las notas iban acompañadas por fotografías y títulos como Lampo el perro ferroviario, Lampo el perro viajero, Lampo el perro expresoLampo, el perro prodigio.

El paso de los años también le dejaba su huella. No obstante, antes de su “jubilación”, quedaba un diamante más —el más preciado de todos— por engarzar en su collar de celebridad. En noviembre de 1958, la Corporación Italiana de Radiodifusión hizo saber que deseaba filmar a Lampo para un programa de televisión.

A la semana siguiente nos comunicaron por teléfono que el permiso de las autoridades ferroviarias había sido obtenido y que los técnicos de latelevisión estarían con nosotros dos días más tarde antes de las 9 de la mañana. Debíamos procurar que el perro estuviese allí, y que no decidiese emprender uno de sus viajes.

El primer día pudimos mantenerlo ahí; pero en la víspera del gran día eludió por un instante nuestra “vigilancia especial” y se metió en un tren rápido con destino a Roma, dejándonos en la desesperación. Nos comunicamos con cada estación de la línea, y les dimos un mensaje: “Si ven a Lampo por allí deténganlo, con vida si es posible, y envíenlo de regreso a Campiglia en el primer tren”. Mas no hubo señales de él. Al caer la noche habíamos perdido las esperanzas de ver a Lampo en la televisión.

A la mañana siguiente fui temprano a Campiglia. Era mi día libre, pero quería estar allí. En la estación se había congregado una turba de curiosos para presenciar la filmación. Una campana anuncio la inminente llegada del tren que traía a la gente de televisión. Sólo faltaba el protagonista. Entró entonces un tren que venía de Grosseto. De uno de los vagones descendió Lampo. Caminó hacia nosotros con alegres movimientos de su cola y con una expresión curiosa e irónica en la mirada.

A las 8 estuvimos todos allí. Mientras preparaban las cámaras los técnicos pidieron detalles de los hábitos del perro. Yo les sugerí que se limitaran a seguirlo. Manifeste que estaría preparado para intervenir en caso de necesidad.

Así se filmé Lampo el perro viajero. Gracias a ese documental, la fama del perro se propagaría por toda Italia y más allá de sus fronteras. Varias semanas después recibí una carta de mi tía desde San Francisco (California), junto con recortes de periódicos acerca Lampo. También llegó un paquete de bizcochos por correo aéreo desde Buffalo, en el estado norteamericano de .

EL TREN se detuvo en la Plataforma uno; se abrieron las puertas; algunos pasajeros descendieron, otros embarcaron. El ruido que hacían los cargadores con sus carretillas repletas de maletas, los gritos del muchacho que vendía refrescos y de la mujer del puesto de diarios: todo era ahogado por la resonancia de un altavoz que repetía: “Campiglia Maríttima…”

Lampo estaba parado en medio de toda aquella confusión, con la mirada fija y las orejas alzadas, atento a los movimientos del cocinero en el coche-comedor. Pero el hombre estaba ocupado y no le presto atención.

Yo observaba divertido la escena cuando sentí que me tiraban de la manga del saco.

—¿Puede usted decirme cuándo sale un tren para Liorna?

—A las 5 de la tarde, de la Plataforma número dos —contesté—. Exactamente dentro de dos horas.

Era un anciano delgado de unos 75 años, quien vestía un deshilachado saco de algodón azul demasiado grande para él. Entre el ancho sombrero de paja calado por encima de sus orejas y la barba blanca, era posible distinguir un par de pequeños ojos negros y una nariz aguileña algo violácea. En sus manos curtidas sostenía una maltrecha valija de fibra, atada con una gruesa cuerda de cáñamo. Me llamaron la atención su aspecto estrafalario y su fuerte acento liornés.

—¡Ay de mí! Me quedé dormido y no bajé en Liorna. ¿Que no me aflija dice usted? ¡Cómo diablos no voy a afligirme si tengo que gastar ahora másdinero para el boleto!

Mientras gritaba, sus inquietos ojos recorrieron cada detalle de la estación, hasta quedar fijos en el perro.

El tren se puso en movimiento y Lampo troto junto al coche-comedor, todavía esperanzado en recibir su porción de comida. El anciano se echó a correr hacia el perro, arrastrando con él su descomunal maleta. El tren fue acelerando y Lampo se detuvo para seguirlo con la vista. El hombre dio alcance al animal y le dijo algo. El perro se volvió, levantó las orejas, lo estudió por un momento y comenzó a dar círculos alrededor de él sin dejar de olfatearlo.

El viejo volvió a hablarle. De pronto vi a Lampo agitar la cola, saltar y poner sus patas delanteras en las rodillas del hombre, frotar su hocico contra sus pantalones y gruñir con excitación. El anciano lo acaricio, declarándole con voz entrecortada: “¡Viejo tunante! Y yo creí que estabas muerto o quién sabe dónde”.

Me acerqué para indagar si conocía a ese perro.

—¡Oh, sí! —me contestó—. Es Bigheri, el norteamericano. Y después que el barco de Estados Unidos zarpo fue mío. ¡Eh, Bigheri!,

¿recuerdas lo alterado que estabas, y cómo durante días después de haber partido tu barco permaneciste en el muelle mirando al mar?

—¿Mirando al mar? —repetí con voz trémula. -

—Así fue. Esperaba que el barco volviese para recogerlo, pero no vino. ¡Ah, Bigheri, cómo te buscaron los marinos! En especial aquel alto y delgado que te buscó por toda la bahía. Pero el capitán dio la orden de zarpar y eso fue el fin, ¿eh, Bigheri?

El viejo acariciaba al perro; este lo contemplaba con embeleso.

—No debiste haber desembarcado aquel día pero lo hiciste, como todo marinero, con la idea de disfrutar alguna aventurilla.

—¿ Está usted seguro de que era un barco norteamericano? —le pregunté.

—He sido cuidador del puerto durante años, y he visto atracar y zarpar tantos barcos que puedo reconocerlos a mucha distancia —me confesó; luego volvió a dirigirse al perro—: Mi cobertizo no era un palacio, pero te traté bien y nos hicimos compañía uno al otro. Hasta que desapareciste. Te busqué durante varios días. Me dijeron que te habían visto vagar cerca de la estación. Fui pronto allí pero no te encontré.

—En efecto, estuvo en la estación —apunté yo para completar el relato—. Pero estaba a punto de ser capturado por el perrero; y para evitarlo, uno de los cargadores lo puso en el tren que lo trajo aquí.

Para celebrar la ocasión invité al anciano a beber un vaso de vino en el bar. Nos sentamos a una mesa bajo la glicina. Una suave brisa agitaba los racimos de violetas que impregnaban el aire con su perfume. Lampo se durmió a los pies del hombrecillo. Le conté las hazañas del perro y su vida en Campiglia.

—Es un animal muy inteligente—anoté, antes de agregar—: Me gustaría tenerlo de nuevo. Comprendo que ustedes los ferroviarios quedarán apenados si él viene conmigo; pero yo estoy viejo, y solo: el perro me podría hacer compañía. No supe qué decir. Sentía lástima por el anciano y no deseaba decepcionarlo. Miré mi reloj.

—Su tren sale dentro de diez minutos, será mejor prepararse.

Se puso de pie de un salto, bebió con un chasquido otro vaso de vino y enfilé hacia la Plataforma dos.

—¡Maldición! Tengo que comprar de nuevo un boleto —recordó deteniéndose.

Fui a la boletería y le traje un billete de ida a Liorna.

—Tómelo, es un obsequio de Lampo.

Sonrió tendiéndome su mano.

—Muchas gracias, señor. Si alguna vez viene a Liorna no deje de verme. Pregunte por Beppe… apodado “Poncino”. Todo el mundo me conoce.

Lo ayudé a subir al tren con su maleta. Lampo lo siguió sin vacilar y se acostó a sus pies. El anciano me dirigió una mirada implorante.

—Dejemos que el perro decida—propuse—. Si no quiere quedarse no se preocupe, él sabrá encontrar el camino de regreso.

Cuando el tren se puso en marcha, volví a mi oficina, perdido en mis pensamientos. Uno en particular: ahora sabía por qué cuando lo llevaba a la playa contemplaba tanto el mar.

Cuatro días después, Lampo retorné a Campiglia. Pero parecía triste, como si le pesara haber dejado solo al anciano. Estoy seguro de que esa era la razón por la que, de vez en cuando, iba a visitarlo.

Habían trascurrido siete largos veranos desde que conocimos a Lampo. Muchas cosas había ocurrido y cambiado en ese período. En las oficinas de la estación de Campiglia, el viejo telégrafo fue remplazado por el teléfono. Los trenes eran más veloces. La tercera clase fue eliminada, y los coches eran más espaciosos y cómodos. Las desgarbadas gorras con forros gruesos se desecharon en favor de prendas más livianas en las que la jerarquía era indicada en forma menos ostentosa. Los campos de la comarca, algunos sembrados con maíz, otros con viñas, eran los de siempre, al igual que la estación.

Bajo el alero estaba el mismo puesto de diarios y revistas recientemente pintado de verde, pero la anciana que lo atendió durante muchos años había muerto. El jefe de la estación iba a jubilarse en pocos meses. A Lampo podía vérsele en la plataforma, entre la primera y segunda vías; echado, disfrutando adormilado de la suave brisa. De vez en cuando levantaba de golpe la cabeza para espantar las moscas.

Estaba ya viejo y achacoso. Su aspecto no era ya tan animado; su manto de pelo blanco raleaba y se había tornado opaco. Los viajes ya no lo atraían. Le faltaba fuerza para el ajetreo de los trenes. Su vigor restante lo reservaba para las visitas a mi familia en Piombino. Ya no iba a Liorna para visitar a Beppe, apodado Poncino; quizá porque no lo encontró la última vez que estuvo allí. Más tarde supe que el anciano había muerto.

Regresé a mi oficina para continuar mi trabajo aunque aquel calor invitaba a otra cosa. El tiempo no había pasado de largo para mí como lo atestiguaban unas pocas hebras de plata en mis sienes. Tal vez las insignias de mi gorra compensaban todos aquellos raudos años trascurridos.

Mirna creció una enormidad. Le encantaban los perros y Lampo seguía siendo su favorito. Dado que sus visitas a Piombino se hicieron cada vez más espaciadas, tenía que llevarla a Campiglia para verlo. Ella me había pedido un perro propio; yo le había prometido uno, pero sólo cuando Lampo no estuviese ya con nosotros.

Habíamos convenido una excepción para el “jubilado” Lampo: podía quedarse en Campiglia hasta el fin, rodeado por el ruido de los trenes, los murmullos y los gritos de los pasajeros del vendedor de diarios, del hombre de los refrescos; podía disfrutar de la compañía de sus amigos, los ferroviarios. ¡Había conocido a tantos! A no dudar, aún recordaba sus antiguos saltos a las carretillas llenas de paquetes para observar la carga y descarga. Todo aquello confundido tras las siluetas del jefe de estación y del señalero, quienes, en una noche estrellada o bajo una lluvia copiosa iban enfundados en sus largos impermeables negros con capuchón, debía evocar para él una imagen fantasmal.

Había llegado la noche y mi turno concluía. Lampo me esperaba junto al tren, agitando su cola. Trepé los escalones y me volví para observar cómo se esforzaba por seguirme. Abandonó jadeante el esfuerzo y me miró con ojos implorantes. Lo tomé de una pata y lo ayudé a subir.

Con expresión satisfecha se instalé en el asiento frente al mío. Con el hocico apoyado en el vidrio se puso a contemplar la oscuridad exterior, interrumpida de trecho en trecho por las luces de alguna casa, y a la distancia los racimos de lamparillas de las aldeas diseminadas en las colinas. Al cabo de un rato, se acostó en el asiento y durmió profundamente. Media hora después se oyó el croar del altavoz:

“Piombino, terminal de la línea”. Descendí del tren y anduve hasta mi casa seguido al trote por Lampo.

AQUEL otoño e invierno fueron un período duro. Pero llegó una nueva primavera. Los cargadores y el muchacho de los refrescos se afanaban por acondicionar sus vehículos para la temporada de viajes. Cambiamos nuestros uniformes gruesos por los livianos, los policías ferroviarios trocaron el azul por el blanco y los canteros de calas, geranios y hortensias florecieron para dar la bienvenida a los turistas de paso por nuestra estación.

La llegada del tiempo cálido fue benéfica para Lampo. Su apetito mejoro, como lo demostraba la mayor frecuencia de sus visitas a los coches-comedor. Más todavía, volvió a viajar un poco: señal inequívoca de vigor y alegría de vivir. Y tras unos pocos baños de agua y jabón, su pelaje recuperé la blancura y el esplendor de otros tiempos. Por las noches volvió a esperar con puntualidad para acompañarme de regreso a casa.

Ocurrió en una hermosa noche cálida, el 22 de julio de 1961. Mi tren iba a salir en 15 minutos; yo me preparaba, cuando escuché un rumor de voces y exclamaciones provenientes de la oficina del personal. Corrí para ver qué pasaba y fui recibido por un grupo de rostros consternados. El jefe de señalización, en extremo pálido, me informó con emoción:

—Lampo ha muerto. Lo atropellé un tren.

Sentí un nudo en la garganta. Quise salir, pero algo me retuvo; sin decir nada, como aturdido, miré por la ventana. Empleados del ferrocarril y pasajeros corrían hacia la Plataforma número tres, donde un gentío rodeaba la locomotora. En medio del grupo, el maquinista se llevó varias veces las manos a la cara para cubrirse los ojos.

—El jefe de la estación, informado, ordeno que enterraran al perro al pie de la acacia —me aviso un compañero—. Pero no quiere salir de su oficina para verlo. Le falta valor.

Salí y caminé hacia mi tren, que estaba por salir. Al cruzar la senda para peatones miré mecánicamente a la izquierda. A la distancia, entre las ruedas de la locomotora y los rieles, distinguí una inmóvil forma blanca. No quise verlo de cerca. Tampoco yo me atrevía. Lampo había encontrado la muertecuando iba a esperarme.

—Cualquiera podría pensar que fue uno de nosotros el atropellado por el tren —comento un señalizador.

—El era uno de nosotros —le corregí al subir el tren.

Mi familia me esperaba en la estación de Piombino. La expresión de mi esposa me reveló que ya ¿conocía la mala nueva? ? Pero Mirna miré detrás de mí, como esperase ver algo.—Lampo ha emprendido un largo viaje. Te compraré ahora ese perro de lanas —prometí, tomándole una mano para caminar hasta casa.

El pueblo entero estaba iluminado por la Luna. En el cielo tachonado de luces parpadeantes, una centella cruzó rauda el firmamento. Al verla, Mirna exclamó: “; Una estrella, fugaz, papito . . . podemos formular un deseo!” Pensé en uno, aun cuando sabía que jamás iba a realizarse. De todos modos volví la cabeza y sólo por un instante creí haber visto a Lampo que trotaba feliz atrás de nosotros.

UNA ESTATUA de tamaño natural de Lampo, el perro viajero, fue erigida en la estación de Campiglia Marittima en marzo de 1962. Los viajeros que pasan por allí todavía pueden verla. N. DE LA R.

CONDENSADO DE “LAMPO, IL CANE VIAGGIATORE” © 1962 POR ALDO GARZANTI

Fuente:  Monografías.com

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