1984 vs 2012

1984, magnífica novela de George Orwell que escribió en 1948 y publicó en 1949, pocos meses antes de su fallecimiento. Una obra de política-ficción que el tiempo ha demostrado que de de ficción tiene poco.

1984 presenta un mundo dividido en tres superpotencias dictatoriales y en permanente guerra, desarrollándose la acción en una de ellas, Oceanía, una sociedad totalitaria y axfisiante gobernada por el Partido Único cuyo líder, el Gran Hermano, vigila permanentemente la vida pública y privada de los ciudadanos.

La sociedad está estructurada en tres estamentos: los reducidos miembros del Consejo dirigente del Partido; los externos, burócratas (funcionarios) al servicio del Partido y del estado que deben obediencia, fidelidad y compromiso ciego a las directrices del poder. Deben ser y comportarse como fanáticos a pesar de carecer de derechos y de libertad de pensamiento, siendo vigilados permanentemente y estando sometidos a técnicas de manipulación y lavado de cerebro. Por último, el estamento más numeroso (el 85% de la población) y marginado: los plebeyos o “proles”, ciudadanos igualados en derechos a los animales que subsisten en condiciones infrahumanas, a los que se entretiene para que estén contentos y obedezcan ciegamente; se les considera incapaces de rebelarse porque, a pesar de ser los únicos que tienen libertad de pensamiento, carecen de intelecto.

La Oceanía de 1984 y la España (Europa y América) de 2012 peligrosamente se parecen demasiado. A continuación un fragmento de la novela que da una pista del por qué de esta crisis:

1984

…Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con la destrucción era ya, en sí mismo, la destrucción de una sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado agrícola como querían algunos pensadores de principios de este siglo no era una solución práctica, puesto que estaría en contra de la tendencia a la mecanización, que se había hecho casi instintiva en el mundo entero, y, además, cualquier país que permaneciera atrasado industrialmente sería inútil en un sentido militar y caería antes o después bajo el dominio de un enemigo bien armado…

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